Los motivos son dos, principalmente: El dar de comer a mi familia a diario y la necesidad personal de que la gente me quiera. Por supuesto, no concibo la literatura sin lectores y sin que los lectores me hagan llegar sus halagos. Sobre la segunda pregunta: Empecé a escribir a los catorce años. Cuentos muy cortos. Para intentar ligar con las chicas que me gustaban. Daba muy buen resultado, por cierto.
Me es indiferente, con tal de no dejar indiferentes a los lectores. Siempre que sean historias divertidas, emocionantes, interesantes... cualquier cosa. Excepto mi vida. Y nada de dar lecciones o de intentar convencer a los lectores de que piensen como yo. Mucho ojo con esos autores "didácticos" que se creen en posesión de La Verdad.
Suelo narrar en primera persona y hacerlo en clave de humor. O, al menos, utilizar el humor siempre que puedo, que es casi siempre. Las intrigas se me dan bien y me divierten, también. Tengo facilidad para escribir teatro pero como no estoy metido en los círculos necesarios como para que me dé dinero, escribo teatro solo esporádicamente y siempre por encargo. Poesía, nada. Eso es otro nivel. Para hacer poesía hay que nacer poeta y yo no he nacido poeta. No confundir "poesía" con hacer versos, claro está.
Yo soy de los que creen que los libros hay que pensarlos totalmente antes de escribirlos. Cuando me pongo a escribir la primera línea es porque ya sé todo lo que quiero contar. Posiblemente llevo varios meses (en ocasiones, incluso años) dándole vueltas en la cabeza. Cuanto más claro lo tengo, mejor y más rápido lo escribo.
A escribir se aprende leyendo. Y se mejora practicando, como todos los oficios. Las "academias de escritores" me parecen una tomadura de pelo.
Ni idea, realmente. Aunque no creo que sea necesaria la pasión para apasionar al lector, que en el fondo es lo único importante. La buena técnica, el buen oficio, creo que son más importantes que la pasión. Eso sí, límites, ninguno. Cada cual, hasta donde quiera. O pueda.
Yo siempre escribo lo que me apetece. Nunca tengo la sensación de practicar la autocensura. Quizá tengo el listón muy bajo y no me hace falta. Todas las editoriales practican la censura en lo que llaman su "línea editorial". No conozco ninguna dispuesta a publicar cualquier cosa, sin límite alguno. Pero, precisamente lo que una rechaza, otra lo acepta y ese es el medio de esquivar esa limitación. El único límite que yo admito es el de la ley, en cada lugar y en cada momento.
Puede parecer contradictorio pero no lo es: Yo escribo para mí y no para los lectores, en el sentido de seguir mis propios criterios siempre y nunca tratar de hacer obras "prefabricadas". Pero, al mismo tiempo, no concibo escribir si no es para que alguien lo lea. Más aún: Para que alguien lo lea y luego venga a decirte que le ha gustado eso que ha leído. Yo no encuentro placer en escribir. Solo en sentir la respuesta favorable de mis lectores. Insisto: Yo escribo para que la gente me quiera; y si no es así, esto no tiene ninguna gracia.
Un mercenario. Yo siempre he escrito para obtener algo a cambio: Para ligar con una chica, para ganar dinero, para recibir halagos de los lectores... Y si me toca la lotería, prometo firmemente no volver a escribir ni una línea más. Ese es mi máximo anhelo, tras haber puesto en el mercado ochenta y cinco libros, por ahora.
¿Bloqueo? ¿Qué bloqueo?
Se puede hacer, claro, como en todos los órdenes de la vida. Pero ni me parece necesario ni creo que las fusiones culturales, generacionales, etc. garanticen resultados artísticos o creativos superiores a la suma de esos esfuerzos artísticos aislados. El diálogo entre autores no me parece mal pero no creo que altere sustancialmente la capacidad de cada cual. Y, por supuesto, también hay autores imbéciles con los que es mejor ni hablar, no sea que te contagien su estupidez.
Algo que todos sabemos: En España, el mercado editorial es un verdadero dislate. Siendo un país escasamente lector, se publica en cantidades disparatadas. Siendo muy, muy generoso, considero que la mitad de lo que se publica en España (tanto original como traducciones de extranjeros) nunca debería haber visto la luz.
Mientras yo soy cada vez más consciente de las grandes dificultades y de la gran especialización que supone escribir para niños, veo cómo la literatura infantil y juvenil es menospreciada cada vez en mayor medida. Sobre todo, por parte de sujetos que se autoproclaman escritores y no saben ni siquiera utilizar correctamente el subjuntivo.